Los oscuros descubridores de secretos



Un caluroso octubre los hacía transpirar en el jardín de la casona. Sin mucho que hacer ni pensar, esperaban con tranquilidad la aparición de la rebosante luna. Es que esa noche saldrían a buscar señales del cometa del cual habían oído hablar en la televisión. No es que atinaran a ser astrónomos, más bien presumían de ser descubridores de secretos. Y según ellos, un hecho de esas características de seguro entrañaba algún secreto.
Luego de dos largas horas, los tres amigos se pararon y, sin decir palabra alguna, se dirigieron al seto y, metiéndose por un agujero que había en él, se perdieron en la oscuridad.

Luego de caminar en silencio hasta la zona deshabitada del valle que anticipaba a la montaña, se acomodaron cerca de un ancho tocón y se limitaron a observar las infinitas luces y oscuridades del cielo. Por fin, el más alto de los tres habló con aspereza.

¿Estás segura de que sucedería esta noche? —dirigiéndose a Rose— Hace ya tres horas que estamos aquí y no se ve ni se escucha nada...
No te preocupes, Julio, he oído bien las noticias, y no estamos equivocados -respondió despreocupada.

Sin embargo, algo que gritaba en silencio encontró la atención de Gael, quien, aún callado, comenzó a correr a través de las desgastadas rocas, buscando ese lugar que tanto lo llamaba.